Dadaísmo

TRISTAN TZARA y EL HOMBRE APROXIMATIVO

Este jueves 28 de Mayo, a las 20,30 horas, en la librería La Delicia de Leer, el Piojo Eléctrico nos ofrecerá una nueva versión de las Delicias Surrealistas, en esta ocasión dedicada a Tristan Tzara y su Hombre aproximativo.

Raoul Hausmann - Dada Siegt - 1920

Raoul Hausmann – Dada Siegt – 1920

Todo comenzó en febrero de 1916 en el Cabaret Voltaire de Zurich. En ese espacio tan alejado de las veladas anodinas de los “cafés literarios”, Tristan Tzara, junto a sus amigos Hugo Ball, Richard Huelsenbeck, Marcel Janco y Hans Arp, fundaría el más subversivo, furioso e iconoclasta de los movimientos de vanguardia del siglo XX: Dadá. El movimiento dadaísta expresaba la necesidad de un cambio radical en el plano intelectual, social y artístico, denunciando al mismo tiempo la carnicería de la Gran Guerra y el hundimiento de los valores de la sociedad occidental. A través de sus “performances”, en las que mezclaban espontáneamente el teatro, la música y la danza con resonancias tribales, el canto improvisado y la poesía simultánea, o la lectura de manifiestos cuyo contenido escandalizaba a los burgueses ilustrados, los dadaístas dirigían un ataque frontal contra todos los sistemas culturales y artísticos de la época: “Estoy contra todos los sistemas -escribiría Tzara-; el más aceptable de los sistemas es no tener por principio ninguno”. Y añadía: “¡Basta de academias cubistas y futuristas, laboratorios de ideas formales”, incluyendo entre ellas al propio movimiento dadaísta: “¡Desconfiad de dadá!”, decía un sarcástico Tzara.

Tzara retratado por Lajos Tihanyi

Tzara retratado por Lajos Tihanyi

Tras la disolución en 1919 del grupo de Zurich, Tristan Tzara entra en contacto con los miembros de la revista Littérature, órgano del incipiente movimiento surrealista, trasladándose poco después a París. Allí intentará dar un nuevo impulso al dadaísmo, pero chocaría con André Breton quien le acusaría de un nihilismo estéril y de un efectismo de barraca de feria. La ruptura no le impedió proseguir su camino y en 1924 publicó -casi como un ejercicio póstumo del movimiento- los Siete manifiestos Dadá, que reunía los textos difundidos en las manifestaciones de Zurich y Paris, y el Pañuelo de nubes. Pero Dadá ya había muerto y el Surrealismo tomaba su relevo.

A partir de 1929, Tzara empezó a colaborar regularmente en El surrealismo al servicio de la revolución, donde publicaría su importante “Ensayo sobre la situación de la poesía”, en el que retoma la distinción señalada por Jung entre el pensamiento dirigido y el pensamiento no dirigido. Tzara ve una oposición, claramente atestiguada desde el romanticismo, entre la poesía como “medio de expresión”, que participa del pensamiento dirigido o lógico, y la poesía como “actividad del espíritu”, que pertenece al pensamiento no dirigido (sueños y ensoñaciones, fantasía e imaginación), y no sólo como un producto escrito procedente del subconsciente sino como una manera de vivir y, en su punto más extremo, sueño proyectado en la acción. Según Tzara, esta contradicción no podrá ser dialécticamente superada más que por una revolución social que libere a todos los hombres de la servidumbre del trabajo y los conduzca a vivir una poesía hecha por todos, no por uno solo, según la expresión de Lautréaumont.

En 1935 rompió definitivamente con el surrealismo y se afilió al Partido Comunista, participando activamente en la defensa de la República española. Al desencadenarse la Segunda Guerra Mundial, Tzara se refugia en el sur de Francia, formando parte de la Resistencia intelectual antinazi. Durante la posguerra las condiciones sociales y culturales habían cambiado profundamente, y como consecuencia de ello Tzara empezó a considerar la poesía de una forma totalmente distinta, en la que rebeldía, el escándalo y el rechazo sistemático son sustituidos por un mayor lirismo y compromiso social. El sentido de esta evolución puede observarse en sus obras posteriores, como Mediodías ganados, 1939; La huida, 1947; Hablar solo, 1950; o El rostro interior, 1953; obras que, sin embargo, nada aportaron a lo que había representado la figura de Tristan Tzara para la cultura europea de vanguardia del siglo XX.

El hombre aproximativo, redactado entre 1925 y 1930, y publicado en 1931, es un libro intenso y complejo y, sin duda, la mejor obra poética de Tristan Tzara, escrita justamente en su período surrealista. Se trata de una experiencia cosmológica de reconstrucción del mundo, buscando una reconciliación entre lo que el hombre concreto es -dentro de una vida incoherente y miserable- y lo que debe tratar de rescatar del hombre primitivo -su mirada salvaje e infantil- para hallar el “hombre aproximativo” que habita en su interior, y que sólo logrará a través de la realidad poética. Es un libro que rompe con todos los límites de la expresión, donde la escritura automática y la ausencia de puntuación descubren nuevas correspondencias y significados en versículos polisémicos construidos como collages y con un ritmo claramente musical de repeticiones y fraseo.

Un libro para leer y releer continuamente.

Más:

EL HOMBRE APROXIMATIVO (fragmentos) por Tristan Tzara

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hombre aproximativo como yo como tú lector y como los demás

montón de carnes ruidosas y de ecos de consciencia

completa en el solo pedazo de voluntad tu nombre

transportable y asimilable pulido por las dóciles inflexiones de las mujeres

diversos incomprendidos según la voluptuosidad de las corrientes interrogativas

hombre aproximativo que te mueves por las imprecisiones del destino

con un corazón como maleta y un vals a modo de cabeza

vaho sobre el frío espejo tú te impides verte a ti mismo

grande e insignificante entre las joyas de escarcha del paisaje

sin embargo los hombres cantan en corro bajo los puentes

del frío la boca azul contraída más allá de la nada

hombre aproximativo o magnífico o miserable

en la niebla de las castas edades

habitación barata los ojos embajadores del fuego

que cada uno interrogue y atienda en el forro de caricias de sus ideas

ojos que rejuvenecen las violencias de los dioses aleves

saltando al desatarse los muelles dentales de la risa

hombre aproximativo como yo como tú lector

tienes entre tus manos como para lanzar una bola

cifra luminosa tu cabeza llena de poesía

 

Tristan Tzara, El hombre aproximativo (1931)