RIMBAUD O LAS ILUMINACIONES DEL VIDENTE

El próximo jueves 19 de mayo a las 20:30 horas, el Piojo Eléctrico nos convoca a una nueva edición de las Delicias Surrealistas, como siempre en su tabuco de la librería La Delicia de Leer (Juan Agapito y Revilla 10 de Valladolid). Y en esta ocasión la cita es con Rimbaud y sus Iluminaciones.

La verdadera vida se escribe en apenas cuatro años. Entre 1871 y 1875, desde las Cartas del vidente hasta Iluminaciones, pasando por Una temporada en el infierno, Rimbaud dinamitó con tempestades de fuego toda idea de la poesía escrita hasta ese momento. Y para ello debió transformarse en vidente, en una especie de chamán que, penetrando en los abismos de sí mismo, mediante un largo, inmenso y razonado desarreglo de todos los sentidos -como él decía-, alcanzar lo desconocido mediante la alquimia del verbo.

Y dentro de este plan destaca su última obra. Escrita probablemente entre 1873 y 1875, Iluminaciones es el libro más radical y hermético de Rimbaud, el que inaugura una nueva forma de mirar la realidad; de construir, sobre las cenizas de los simbolistas, un nuevo universo poético que explora los límites del lenguaje y de la propia identidad -Yo es otro-, muy lejos ya de la moral tradicional y de la belleza políticamente correcta.

Otros sin duda habían iniciado ya el camino. Pero él robó la llama que retomarían medio siglo después los surrealistas.

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Después del Diluvio

Tan pronto como la idea del Diluvio se vino abajo,
Una liebre se detuvo en los pipirigallos y las campanillas movedizas y dijo su plegaria al arco iris a través de la tela de araña.
¡Oh! Las piedras preciosas que se ocultaban, — las flores que miraban ya.
En la ancha calle sucia los tenderetes se levantaron, y fueron arrastradas las barcas hacia el mar colocad o allá arriba igual que en los grabados.
La sangre corrió, en casa de Barbazul, — en los mataderos —, en los circos, donde el sello de Dios palidece las ventanas. La sangre y la leche corrieron.
Los castores edificaron. Los «mazagranes» humearon en los cafetines.
En la casa de los cristales chorreantes aún los niños de luto miraron maravillosas imágenes.
Una puerta sonó, — y en la plaza de la aldea, el niño volvió los brazos, comprendido por las veletas y los gallos de campanario de todos sitios, bajo el clamoroso chaparrón.
Madame **** estableció un piano en los Alpes. Misa y primeras comuniones se celebraron en los cien mil altares de la catedral.
Desde entonces, la luna escuchó a los chacales que piaban por los desiertos de tomillo, — y las églogas con zuecos refunfuñando en el vergel. Después, en la arboleda violeta, pujante, Eucaris me dijo que estábamos en primavera.
— Brota, estanque, — Espuma, arremolínate por encima del puente y de los bosques: — paños negros y órganos, — rayos y truenos, — subid y retumbad; — Aguas y tristezas, elevaos y levantad los Diluvios.
Porque desde que éstos se disiparon — ¡oh las piedras preciosas hundiéndose, y las flores abiertas! — ¡qué aburrimiento! Y la Reina, la Bruja que prende su brasa en la vasija de barro, no querrá nunca contarnos lo que ella sabe, y nosotros ignoramos.

(Trad. Ramón Buenaventura)

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