“PRIMERO TOMAREMOS MANHATTAN, DESPUÉS TOMAREMOS BERLÍN”: UN POETA EN NUEVA YORK

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Un jueves más, el próximo 27 de octubre a las 20:30 horas en la librería La Delicia de Leer (C/ Juan Agapito y Revilla, 10), el Piojo Eléctrico nos invita a participar en una de sus esperadas Delicias Surrealistas. Y en esta ocasión la obra elegida por este inconformista titiritero de la palabra es Poeta en Nueva York.

Entre 1929 y 1930, Lorca viajó a Nueva York con el fin de superar una doble crisis, sentimental y poética, que por estos años venía atravesando. Por un lado se trataba de intentar solventar un fracaso amoroso que le tenía sumido en una profunda depresión; y por otro, paradójicamente, alejarse del éxito popular del Romancero gitano, que llevó a Federico a una desconfianza sobre el camino y las formas que estaba adquiriendo su obra.

Será en la metrópoli norteamericana donde, lejos de sus espacios de referencia, Lorca articule una nueva visión del mundo, rabiosamente crítica, y muy cercana a la estética surrealista. En este sentido, Nueva York se convertirá en su poemario en una ciudad-símbolo del capitalismo más salvaje, el de la alienación, la mecanización inhumana y la explotación del hombre. Las imágenes y metáforas con las que describe la ciudad contienen una violencia poética e ideológica de una extraordinaria plasticidad, y da cuenta de todos y cada uno de los componentes de la crisis por la que estaba atravesando el capitalismo en estos momentos. Allí descubrirá la realidad social de los negros, a los que interpela para que se rebelen contra esa civilización que les es ajena y regresen a sus raíces africanas, en una orgía casi apocalíptica donde el universo de la naturaleza acabará con todo vestigio de este mundo de vómito. Acusará al lobby judío de la avaricia que conducirá al crack del 29 y que dejará a millones de personas en la miseria. Gritará contra la hipocresía del Papa y su Iglesia, a los que señala como cómplices de las injusticias sociales. Y reivindicará abiertamente su homosexualidad, ensalzando la figura del poeta Walt Whitman como paradigma del amor libre y auténtico.

Poeta en Nueva York es un libro que continúa seduciéndonos y sorprendiéndonos y que merece la pena releer y comentar en las Delicias Surrealistas.

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Paisaje de la multitud que vomita (Anochecer en Coney Island)

La mujer gorda venía delante
arrancando las raíces y mojando el pergamino de los tambores
la mujer gorda
que vuelve del revés los pulpos agonizantes.
La mujer gorda, enemiga de la luna,
corría por las calles y los pisos deshabitados
y dejaba por los rincones pequeñas calaveras de paloma
y levantaba la furia de los banquetes de los siglos últimos
y llamaba al demonio del pan por las colinas del cielo barrido
y filtraba un ansia de luz en las circulaciones subterráneas.
Son los cementerios, lo sé, son los cementerios
y el dolor de las cocinas enterradas bajo la arena,
son los muertos, los faisanes y las manzanas de otra hora
los que nos empujan en la garganta.

Llegaban los rumores de la selva del vómito
con las mujeres vacías, con niños de cera caliente,
con árboles fermentados y camareros incansables
que sirven platos de sal bajo las arpas de la saliva.
Sin remedio, hijo mío, ¡vomita! No hay remedio.
No es el vómito de los húsares sobre los pechos de la prostituta,
ni el vómito del gato que se tragó una rana por descuido.
Son los muertos que arañan con sus manos de tierra
las puertas de pedernal donde se pudren nublos y postres.

La mujer gorda venía delante
con las gentes de los barcos, de las tabernas y de los jardines.
El vómito agitaba delicadamente sus tambores
entre algunas niñas de sangre_poeta_0c57265b
que pedían protección a la luna.
¡Ay de mí! ¡Ay de mí! ¡Ay de mi!
Esta mirada mía fue mía, pero ya no es mía,
esta mirada que tiembla desnuda por el alcohol
y despide barcos increíbles
por las anémonas de los muelles.
Me defiendo con esta mirada
que mana de las ondas por donde el alba no se atreve,
yo, poeta sin brazos, perdido
entre la multitud que vomita,
sin caballo efusivo que corte
los espesos musgos de mis sienes.
Pero la mujer gorda seguía delante
y la gente buscaba las farmacias
donde el amargo trópico se fija.
Sólo cuando izaron la bandera y llegaron los primeros canes
la ciudad entera se agolpó en las barandillas del embarcadero.

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