JULIEN GRACQ EN EL CASTILLO DE ARGOL

El próximo jueves 18 de mayo a las 20:30 horas, el Piojo Eléctrico, en una nueva edición de las Delicias Surrealistas, nos llevará de excursión al castillo de Argol de la librería La Delicia de Leer (Juan Agapito y Revilla 10 de Valladolid).

Saludada por André Breton como la primera novela surrealista, En el castillo de Argol (1938) nos adentramos en un relato de ambientación onírica y de escritura enigmática y sinuosa como los senderos de un bosque, que rinde homenaje a lo mejor de las novelas góticas a la vez que pretende ser una versión demoníaca del Parsifal de Wagner, tal y como nos advierte en su “Aviso al lector” Julien Gracq (1910-2007). Quizá la trama en esta breve novela es lo de menos. Albert, último vástago de una familia noble y rica, compra el misterioso castillo de Argol, en Bretaña. Allí recibe la visita de su mejor amigo Herminien -una especie de ángel luceferino- y de la bella Heide. Entre los tres se establece una malla de relaciones de amor y odio, que conducirá a un final trágico pero necesario.

Pero el texto contiene múltiples referencias simbólicas para transformarse en un relato iniciático, de resonancias legendarias y míticas, en el que la búsqueda y la espera de algo maravilloso y terrible -nunca explícitamente revelado-, y en el que la violencia de los sentimientos de los personajes se ven claramente magnetizados por la presencia activa del paisaje. Castillo, bosque y mar, cementerio, capilla y avenida, no son un simple decorado de un drama de ecos operísticos, sino que son el verdadero actor principal de la obra. Elementos vivientes que en la prosa de Gracq, abundante en descripciones sinestésicas, se trans-forman continuamente para conducirnos a un dominio encantado en el que el Bien y el Mal se resuelven en una suerte de dialéctica hegeliana. Y siempre bajo la atmósfera de una convulsa belleza surrealista.

En el castillo de Argol (fragmento)

Se desvistieron entre las tumbas. El sol brotó de las brumas e iluminó con sus rayos aquella escena en el momento en que Heide, en su radiante desnudez, caminó hacia el mar con un paso más nervioso y más dulce que el de la yegua de las arenas. En el paisaje reverberante que formaban aquellos largos reflejos mojados, en la horizontalidad omnipotente de aquellos bancos de bruma, de aquellas aguas tranquilas y lisas, de aquellos rayos escurridizos de sol, sorprendió súbitamente a la vista con el milagro de su verticalidad. Sobre la playa devorada por el sol y de la que cualquier sombra estaba desterrada, Heide hizo correr unos reflejos sublimes. Parecía que caminase sobre las aguas. Enfrente de Herminien y de Albert, cuya mirada corrió entonces largamente sobre la poderosa espalda de la mujer, lisa y tenebrosa, sobre la pesada masa de su cabellera, y cuyo pecho se dilató ante la maravillosa lentitud de sus piernas, Heide recortó sobre el disco del sol naciente, que derramó hasta sus pies una alfombra de fuego líquido. Alzó sus brazos, y sin esfuerzo sostuvo el cielo con sus manos como una cariátide viviente. Parecía como si el flujo de aquella gracia sobrecogedora y desconocida no pudiera prolongarse un instante más sin romper los vasos del corazón con su ritmo sofocante. Entonces echó la cabeza hacia atrás y sus hombros se alzaron con un movimiento débil y suave, y el frío de la espuma que voló sobre su pecho y su vientre hizo saltar en ella una voluptuosidad tan insostenible que sus labios se replegaron sobre sus dientes; y para sorpresa de los espectadores, de aquella silueta exaltante brotaron entonces los movimientos desordenados y frágiles de una mujer.

 

Julien Gracq, En el castillo de Argol (Ediciones Siruela, págs. 62-63)

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