Delicias Surrealistas 9 oct: Los cantos de Maldoror (y 2)

LA VISIÓN DE DEL TRONO DE DIOS:

Maldoror 2“No encontrando lo que buscaba, levanté mis párpados aterrados aún más arriba, hasta que distinguí un trono, formado de excrementos humanos y de oro, sobre el cual reinaba, lleno de estúpido orgullo y con el cuerpo envuelto en un sudario hecho con sábanas sucias de hospital, ¡aquél que se titula a sí mismo el creador! Tenía en la mano el tronco podrido de un hombre muerto, y se lo llevaba, alternativamente de los ojos a la nariz y de la nariz a la boca; una vez en la boca puede adivinarse lo que hacía. Sus pies se sumergían en un vasto lago de sangre en ebullición, a cuya superficie asomaban de repente, como si fueran tenias a través del contenido de un orinal, dos o tres cabezas cautas que hundían en seguida con la rapidez de una flecha:; (…) … Hasta que, no teniendo nada ya en la mano, el creador, con las dos primeras garras del pie cogió a otro buceador por el cuello, como con unas tenazas y le levantó en el aire, fuera del légamo rojizo, ¡salsa exquisita!. Con este hico lo mismo que con el otro. Le devora primero la cabeza, las piernas y los brazos y por último el tronco, hasta que no quedase nada, pues mascaba los huesos. Y así consecutivamente durante las otras horas de su eternidad.”
(Los cantos de Maldoror, Isidore Ducasse, Trad. de Julio Gómez de la Serna)

EL COMBATE CONTRA LA CONCIENCIA:

“Estaré siempre en guardia, sin apartar la mirada de él. Que no vuelva más a mandar a la tierra la conciencia y sus torturas. Enseñé a los hombres las armas con las cuales pueden combatirla con ventaja. Todavía no se han familiarizado con ella, pero tú sabes que para mí es como paja que se lleva el viento. Ese es el caso que le hago. Si quisiera aprovechar la oportunidad que se me presenta de hacer más sutiles tales disquisiciones poéticas, agregaría que más caso hago de la paja que de la conciencia, pues la paja es útil para el buey que la rumía, mientras que la conciencia sólo sabe enseñar sus garras de acero. Estas últimas sufrieron un penoso reverso el día que se enfrentaron conmigo.”
(Los cantos de Maldoror, Isidore Ducasse, Trad. de Julio Gómez de la Serna)

Isidore Ducasse, según Ramón Gómez de la Serna:

“Isidore se sentía pobre, maltrecho y sentenciado a la tisis de la modestia y corregía con sus cantos lacerados y caústicos, cierto dolorcillo que callaba a todos y que era como una herida que se abría y se volvía a cerrar y se volvía a abrir en el vértice del pulmón…
En ese cuarto pequeño, ahogado, atufado de sí mismo, fraguó Ducasse la refutación más elocuente – sino la más fundamental -, la refutación magnífica y gratuita del mundo y de Dios…
Su obra, esta obra, siempre Los Cantos de Maldoror, que yo diría que son su única obra, tiene la rijosidad de una adolescencia pálida, nocturna, perezosa…
(No saquéis punta a un lápiz durante la lectura de este libro, porque os llevaréis la yema de un dedo, y tampoco abráis este libro con un instrumento romo y sin filo, porque os lo clavaréis.) …
Ante este libro se plantea ya con más tranquilidad que en ninguna otra época e caso de la blasfemia, y se reconocen las nuevas blasfemias, que ya no son trágicas, sino irónicas, dotadas de sarcástica naturalidad.”
(Prólogo a Los Cantos de Maldoror)

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